Cuando uno empieza un libro nunca sabe qué ocurrirá. Cada libro encierra la posibilidad de entristecer, de aburrir soberanamente, de enseñar o de cambiar una vida para siempre.
Me estaba preguntando por qué cuando leo una gran novela necesito tener conmigo un lápiz para subrayar. Supongo que es una manera de sujetar para el futuro las escenas o las reflexiones que uno agradece al autor. Cuando lo hago pienso que algún día volveré a abrir esos tomos y recordar el momento en que leí aquellas páginas.
Hay novelas que uno sabe de antemano que son grandes. Es una garantía. Como sentarse por primera vez a ver Casablanca. Y se sabe que a esas novelas benditas no se las puede tratar como a las demás: es necesario adminstrarlas, leer tan despacio como se pueda, no dejarse llevar por la avidez de seguir la trama porque se corre el riesgo de que se acaben demasiado pronto y hay ciertos placeres deben prolongarse todo lo posible.
Creo que existen pocas sensaciones más gratificantes que vivir una temporada dentro de una gran novela. No exagero si digo que los personajes te acompañan durante las semanas que dura la lectura. Crecen dentro de uno mientras el tomo está cerrado. A veces ocurre que en mitad del día se mira el libro con la lujuria de quien sabe que tiene ahí un exquisito bocado reservado para más tarde. Y cuando quedan menos de veinte páginas incluso se desea comenzar a leer al revés para que no termine, aunque esas grandes novelas no terminan nunca…
-Debe de ser que escribo esto porque estoy a punto de terminar La Regenta y no quiero que se me acabe.