No recuerdo ahora cómo cayó en mis manos el libro Schopenhauer como educador de Nietzsche. Quizá porque hubo una época en la que todo lo que tuviera que ver con el mordaz y brillante maestro Shopenhauer actuaba en mí como un imán. Nietzsche lo dice mejor: “Pertenezco a los lectores de Schopenhauer que desde que han leido la primera de sus páginas saben con seguridad que leerán todas las páginas y atenderán a todas las palabras que hayan podido emanar de él.”
Jamás pensé que me fuera a encontrar en esa obra con el Nietzsche que me encontré, con el inocente joven desesperado por encontrar un interlocutor válido, un padre intelectual, un maestro de lecturas, de conversación, de vida. ¡Cuánto pedía!
Lo encontró en Schopenhauer, a su manera, pero como muy bien dice Nietzsche, estaba muerto. Sólo vivía a través de sus libros y él lo resucitaba leyéndolos. Pero no tenía vida. Las ideas necesitan estar vivas para ejercer todo su poder.
¡Y qué desoladora resulta la confesión que a través de una carta realiza Nietzsche a su hermana poco antes de morir! Confiesa que no ha sido feliz precisamente porque no ha encontrado ese interlocutor: “No he encontrado nunca, desde mi niñez hasta ahora, nadie que tuviera en su corazón y en su conciencia la misma “necesidad” que yo. Eso me obliga, aun ahora, como en todo tiempo, a presentarme ante la gente disfrazado, algo que constituye para mí una máxima contrariedad, bajo la figura de cualquiera de los tipos humanos actualmente permitidos y comprensibles.”
¡Qué ganas de escribir más, pero no puedo! Aún estoy pensando: Quizá demasiadas lecturas, demasiadas ideas, demasiadas preguntas…
Digerir o gestar, quizá sean lo mismo. Y, ¡qué difícil es hacerlo solo! A veces querría cerrar el ciclo. Pero es ya un proceso desbocado que no puede pararse.
¡Qué falta de un maestro! Qué razón tenía ese Nietzsche desesperado y joven.
Hay maestros en los libros, pero hace falta uno que camine y llore. Que respire y que proteste.