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Archive for 31 enero 2007


No recuerdo ahora cómo cayó en mis manos  el libro Schopenhauer como educador de Nietzsche. Quizá porque hubo una época en la que todo lo que tuviera que ver con el mordaz y brillante maestro Shopenhauer actuaba en mí como un imán. Nietzsche lo dice mejor: “Pertenezco a los lectores de Schopenhauer que desde que han leido la primera de sus páginas saben con seguridad que leerán todas las páginas y atenderán a todas las palabras que hayan podido emanar de él.” 

Jamás pensé que me fuera a encontrar en esa obra con el Nietzsche que me encontré, con el inocente joven desesperado por encontrar un interlocutor válido, un padre intelectual, un maestro de lecturas, de conversación, de vida. ¡Cuánto pedía!

Lo encontró en Schopenhauer, a su manera, pero como muy bien dice Nietzsche, estaba muerto. Sólo vivía a través de sus libros y él lo resucitaba leyéndolos. Pero no tenía vida. Las ideas necesitan estar vivas para ejercer todo su poder.

 ¡Y qué desoladora resulta la confesión que a través de una carta realiza Nietzsche a su hermana poco antes de morir! Confiesa que no ha sido feliz precisamente porque no ha encontrado ese interlocutor: “No he encontrado nunca, desde mi niñez hasta ahora, nadie que tuviera en su corazón y en su conciencia la misma “necesidad” que yo. Eso me obliga, aun ahora, como en todo tiempo, a presentarme ante la gente disfrazado, algo que constituye para mí una máxima contrariedad, bajo la figura de cualquiera de los tipos humanos actualmente permitidos y comprensibles.”

¡Qué ganas de escribir más, pero no puedo! Aún estoy pensando: Quizá demasiadas lecturas, demasiadas ideas, demasiadas preguntas…

Digerir o gestar, quizá sean lo mismo. Y, ¡qué difícil es hacerlo solo! A veces querría cerrar el ciclo. Pero es ya un proceso desbocado que no puede pararse.

¡Qué falta de un maestro! Qué razón tenía ese Nietzsche desesperado y joven.

Hay maestros en los libros, pero hace falta uno que camine y llore. Que respire y que proteste.

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Dios es lo de menos


Una de las grandes preguntas de la humanidad es esa de si hay dios (con mayúscula). Y los hombres se separan -groseramente- en dos grupos, los supuestamente convencidos por la fé y las ganas de que exista y los que afirman con seguridad su no existencia. (Omito a los que no se han planteado nunca tal cuestión)

 Pero hablamos de un Dios aterrador, el que decide, el que da y quita la vida, el que suministra justicia, o perdón, o culpa o castigo.

Sin embargo todo eso no ha desembocado más que en una dialéctica estéril que ha llevado al hombre a un sinfín de luchas terribles.

Y resulta que Dios es lo de menos. No se ofendan.

Los dioses los inventan los hombres para entenderse. Desde los dioses olímpicos hasta los dioses omnipotentes de las religiones monoteístas son fantasías humanas eficaces para vivir, pero inventadas al fin y al cabo.

Lo terrible de los dioses, o de dios, es que no son inocentes ni son inofensivos. La idea de dios como ser superior ha cambiado nuestra existencia desde hace siglos. Incluso ha cambiado los planteamientos de aquellos que se creen ateos convencidos.

El orden del mundo está ahí para que lo contemplemos y lo intentemos comprender. Pero no para buscarle un sentido, un antes, un después, un quién lo creó, un para qué.

Pensamos en el mundo como si fuera un producto más de nuestra cultura técnica y productiva. Tiene que haber un artesano, alguien que diseñe y lleve a cabo con un objetivo. ¡Ni que el mundo fuera parte de una cadena de montaje!

Podríamos entender la divinidad como los griegos…

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Matar el amor pensando


Debe morir. Mátalo.

Está vivo pero debe morir

porque no interesa. La utilidad práctica es la de la calma

para la supervivencia.

Hay que ser el asesino a sangre fría.

Cortar la carne caliente y tierna

para que la sangre mane de veneno.

Y llegue entonces la paz de la muerte.

Hay que matar al amor porque vive,

porque llora,

porque duele,

porque hiere,

porque…

porque…

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Somos materia (y cultura)


Está claro: mi cuerpo es sobre todo agua. Tengo músculos, nervios, espina dorsal y pulmones. Ojos, tobillos, lengua, piel, cerebro… Añadiéndo la química, los impulsos eléctricos y la “chispa de la vida”, resulto yo.

Y lloro, sueño, río, camino, canto, duermo, escribo, cocino, deseo, añoro, bailo, como, espero, seduzco, medito, trasnocho, dibujo, estudio, pregunto, amo, saludo, frunzo el ceño -a veces-, grito, leo, suspiro…

Pero no lo hago de la misma manera que los demás. Lo hago de distinta forma que mis amigos, de distinta forma que mis padres, de distinta forma que los jefes de las oficinas, de distinta forma que mi vecina de abajo, de distinta forma que todos los demás…

Y si me alejo aún más no amo como aman los africanos, ni rezo como mi abuela, ni me emocionan los mismos libros que a otros.

Si hubiéramos nacido en otro lugar del planeta quizá no sentiríamos celos y disfrutaríamos de la compañía que nos agrada por el mero hecho de existir en ese momento. O cocinaríamos para una gran familia en torno a la cual gira la vida. O no planearíamos tener o no tener hijos. O no discutiríamos de la existencia de Dios porque viviríamos convencidos de su existencia y sus cuidados, o ajenos a él y seguros de nuestra autosuficiencia.

Si no me hubieran contado que el mundo sería rosa como el algodón de feria, quizá no lo vería negro en ningún momento.

Si no nos asustara la muerte…

Si no nos preocupara el futuro…

Si no tuviéramos miedo a la decepción…

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Cuando uno recala en las páginas de un libro es víctima de muchas tentaciones.

Una de ellas, quizá la más fructífera y a la vez la más peligrosa es la de estar en un constante acuerdo con el autor. Como si el hecho de haber puesto sus ideas negro sobre blanco le diera una autoridad inimaginable y una razón indiscutible. Gran peligro es, sin duda, porque al libro, al autor, hay que discutirle. Sin embargo es uno de los más enriquecedores y fascinantes juegos: Así hay que ser ácido y corrosivo con Shopenhauer, riguroso con Aristóteles, minucioso y cuadriculado con Kant, inocente y materialista con Marx, bondadoso con Sócrates, serio, exigente y cabal con Séneca.

Y con Ortega, con Ortega arrodillarse, leer y quitarse el sombrero. Vestirse de etiqueta como hacía Maquiavelo cuando tras un día vulgar se retiraba a sus habitaciones a conversar reverencialmente con los clásicos.

Con todos hay que comulgar mientras dure el milagro de la lectura. Para luego aceptarlos o despojarse de ellos. Hay que ser Erasmo y llorar con su locura, hay que ser ambicioso en los detalles con Proust y retorcerse de emociones y aventuras con Hugo. Compartir el amor que cuenta Gabo, derretirse con Neruda y llorar hasta las lágrimas la angustia de Blas de Otero. Hay que exaltarse y sentirse fuertes con Nietzsche. Mietras se lee, nada hay imposible. Hay que sentir la angustia del bichito patas arriba de Kafka y llorar por la huida del principito en la página del desierto. Hay que ser delicado y cursi con Rubén, certero con Quevedo y destructivo con Sartre. Vivirlos a todos y tenerlos dentro. Porque dentro ellos luchan, libran feroces batallas, terribles duelos. Y algunos vencen. Y uno gana.

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Veracruz


Hace un año estaba en México. Era mi segundo viaje allí.

El 26 de enero de 2006 paseando por Xalapa, la capital de Veracruz, entré en el Museo Antropológico, un peculiar edificio desde el punto de vista arquitectónico e inmensamente interesante por las increíbles piezas de los primitivos pueblos que poblaron México que conserva.

Nada más entrar, el museo recibe al visitante con una magnífica cita de Agustín Acosta Lagunes:

“Mexicano, detente: Esta es la raíz de tu historia, tu cuna y tu altar. Oirás la voz silenciosa de la cultura más antigua de México, tal vez la de la civilización madre de nuestro continente.

Los olmecas convirtieron la lluvia en cosechas, el sol en calendario, la piedra en escultura, el algodón en telas, las peregrinaciones en comercio, los montículos en tronos, los jaguares en religión y los hombres en dioses”

30/X/1986.

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La cuestión


A veces el asunto es el amor, con sus traiciones, sus miedos, sus dudas. Con la carga de alegrías, de irracionalidades, de locuras, de pasión. Otra veces el asunto es decidirse, sopesar, arriesgar, subir o bajar, derecha o izquierda. Otras veces es el dolor, el del vacío, el de la muerte, el de un fuerte golpe en mal sitio. Otras veces el cansancio. Otras el soporífero aburrimiento. Otras veces es la vanidad. O el orgullo. Otras el arrepentimiento. Otras la calma. Otras abrir los ojos, o abrir el corazón, o abrir la cabeza. Otras la prisa, la falta de tiempo, la angustia. Otras el deseo, las ganas, las ansias, cuando sobra el tiempo o va lento. Otras la sorpresa, o la intriga. La incertidumbre a veces, o la risa.

Otras sentirse vivo. O muerto. Otras veces el asunto es el cansancio, el dolor de los huesos. O el cansancio de ver, de oir, de sentir. Y uno entonces tiene sueño. Otras veces se trata de confiar. En él, en ellos, en uno mismo, en ésto o en aquello. Otras de vibrar con la poesía, la música, la compañía. Otras de anhelar. Otras veces es cuestión de desesperación, de desgarro, de llanto incontrolable.

Otras veces el asunto es que no ocurre nada. Otras veces se trata de la soledad, que a veces se necesita y a veces se aborrece. Otras veces es cuestión de aventuras, de volver a ser niños. Otras veces se trata de lo serio y fruncimos el ceño. Otras veces se trata de mirarse al espejo, otras veces de no querer verse. Otras se trata de sentir que el mundo nos cabe en la mano y otras parece que es tan inmenso que parece imposible que existan los mapas detallados. Otras veces se trata de un buen libro, o de uno malo. O de la envidia. O se trata de hablar y faltan las palabras. O se trata de sentir y sobran.

Y al final, se trata siempre del hombre que no cabe en sí mismo. Y del mundo que no cabe en el hombre. Y nos hacemos preguntas profundas aún cuando se trate de la decisión más nimia. 

Se trata, claro está, de vivir.

El problema es que nos han enseñado. Nos han enseñado unas maneras de vivir. Unos corsés, unas pautas que a veces vienen muy bien, pero otras veces son trajes que se nos quedan pequeños. Son moldes en los que ya no cabemos. Quizá cupiéramos a los doce años, pero la libertad de cada uno es tan grande, que los moldes se vuelven preguntas. Los rompemos y cae el traje. Y toca andar desnudos durante algún tiempo hasta que tengamos el valor de tomarnos de nuevo las medidas, la suerte de que alguien nos ayude con el metro, y fabriquemos un nuevo traje, nuestro y para nosotros, cada vez que crecemos hacia adentro y hacia afuera.

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