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Archive for 24 febrero 2007

El misterio


Me pregunto cómo se va a llamar en el futuro la época que estamos viviendo. No se trata de la mera curiosidad por el nombre por el que haya de conocerse, sino de la certeza de que existe un punto de inflexión tan importante respecto a un pasado bastante inmediato, que tal cambio habrá de ser reconocido como un salto cualitativo, y el lenguaje deberá hacerse cargo de tal cambio si quiere cumplir con su tarea designadora.

 Y como el asunto no es la palabra que se encontrará a su debido tiempo, cabe desear que quien la escoja y quienes la acepten, se hagan cargo de las nuevas realidades que estos tiempos distintos entrañan.

Suceden muchas cosas, sucede internet, sucede la globalización, suceden los teléfonos móviles, suceden nuevos experimentos científicos… Pero sobre todo, sucede que ya no existe el misterio. Ha desaparecido, lo hemos eliminado o se ha evaporado necesariamente. El misterio que llevaba acompañando al hombre desde sus orígenes. El misterio de lo desconocido, el misterio de los lugares inexplorados, el misterio de las realidades incomprensibles, el misterio de los pueblos sin conquistar…

Y resulta que el hombre, en los últimos quinientos años ha visto cómo sus mapas se completaban, ha circundado el planeta, ha volado a velocidades de vértigo, ha puesto límites al mundo infinito, ha eliminado barreras, ha puesto en contacto todas las culturas y en solfa, por tanto, sus dogmas, se ha vuelto escéptico ante la verdad, ha ignorado a los dioses, se relaciona con la naturaleza de un modo práctico e irreverente.

Ya no hay misterios en la tierra, y pocos son los que aún aceptan los misterios en el cielo.

¿Cómo no habrían de cambiar de nombre estos años?

¿Y cómo todo esto no iba a hacernos cambiar nuestra relación con nuestra propia vida, nuestros sistemas de comprensión, nuestras aspiraciones y nuestros valores?

Es tal el cambio que pensarlo produce un profundo vértigo.

Pero aquí estamos, aquí y no en la Edad Media, aquí y no en el siglo XVI. Y con ello hay que ser consecuentes. ¿De qué sirve seguir actuando con categorías que ya no sirven, que ya no son operativas, que ya no encajan con este mundo?

Podría contestarse que es el mundo el que aún puede ser cambiado. Sí, pero sólo en parte. Ciertas transformaciones son ya irreversibles.

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No te salves


No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
               no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
            pese a todo no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
                 entonces
no te quedes conmigo.

Mario Benedetti

Este poema es uno de los grandes cantos a la vida de Benedetti. Y tiene que ver con uno de los grandes asuntos del hombre: la libertad. La libertad para vivir peligrosamente o suavemente, para arriegar o ser cobarde, para tentar a la suerte o esconderse, para dar rienda suelta a la vida o vivir higiénicaente protegidos.

Y es que hay veces que la cobardía, el miedo o la pereza nos sugieren vivir una especie de profilaxis contra la vida, contra el sufrimiento, contra la incertidumbre, contra el dolor. Y quizá llegamos a conseguir no llorar, pero quizá nos quedemos tambien…sin vivir.

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Muerte en Venecia


Porque parece un constante cuadro de Sorolla. Porque no sólo consigue que uno se meta en la película: Se acaba respirando el aire de Venecia. Es suave. Es el Lido, es el mar. Es también Platón, es la vida y la muerte. Es el silencio más elocuente del cine. Es una maravilla. Es cine. Porque no pasa nada y pasan tantas cosas…

Por eso es una grandísima obra de arte.

La música de Mahler acompaña los sentimientos llevándolos en volandas por Venecia, por esas calles lúgubres, mágicas y misteriosas, por esa atmósfera húmeda y enferma, pero a la vez evocadora y exuberante.

Aschenbach está loco por la idea de la belleza, por el arte, por la creación, por las ideas… y esa locura se nos transmite magistralmente con la infinita sutileza de la cámara de Visconti, con el delicioso adaggieto de Mahler, con la arrebatadora hermosura suave de Tadzio, con los laberintos mágicos de las calles y canales de Venecia, con el espontáneo lujo y elegancia de las estancias, de los huéspedes del hotel, de los ricos veraneantes que viven dedicados a entretenerse en su dolce fare niente.

Mientras, por debajo la peste se cuela suave, inadvertida, como la tristeza. Como se cuela la angustia. Como se cuela el tiempo del reloj de arena que describe Aschenbach, a través del minúsculo conducto que une los recipientes superior e inferior del reloj, que es tan pequeño que hace que la caída de la arena parezca imperceptible. Sin embargo cae, inexorable, rotunda. Así pasa el tiempo en la película, se puede masticar, se puede sentir la angustia de su paso lento para el protagonista, la levedad de los minutos para los niños, la permanencia de las horas para los veraneantes que ignoran su paso como ignoran la peste.

Pero, ¿qué le ocurre a Aschenbach? ¿Por qué huye a Venecia? ¿Y qué encuentra allí?

Su obsesión por la perfección raya en la parálisis, en la muerte. Sus posturas son tan higiénicas que resultan prácticamente incompatibles con la vida y, al parecer, con el arte. No por casualidad su nombre en alemán significa literalmente “arroyo de cenizas”…

Y entonces, aparece Tadzio. Un adolescente, un mancebo rubio, aniñado, andrógino, perfecto. Con rasgos suaves y precisos.  Es elegante en sus ropas y en sus ademanes, en sus movimientos, en sus miradas. Tadzio embriaga suavemente, como su nombre. Y es inalcanzable. Contemplarlo supone la muerte, ¿a qué más se puede aspirar?

Es la belleza de Platón (no abstante, Mann en la novela alude directamente al Fedro).

 Aschenbach consiguió lo que buscaba: contempló la belleza a través de la experiencia del contacto visual con Tadzio. Sin embargo resulta paradójica su agonía y su muerte.

 Muerte en Venecia es una de esas películas que cambian un poco la vida. ¿Resultaría exagerado decir que no se es el mismo antes y después de Muerte en Venecia?

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