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Archive for 23 abril 2007


“En mis tierras me estoy, y desde mis últimas desventuras no he permanecido, juntándolos todos, ni veinte días en Florencia…Me levanto con el sol y me voy al bosque mío que están talando, donde paso dos horas, inspeccionando los trabajos del día anterior y conversando con los leñadores, que siempre tienen algún pleito entre ellos o con sus vecinos…

Y dejando el bosque, me dirijo a una fuente, y de allí al sitio donde dispongo mis trampas para cazar pájaros, con un libro bajo el brazo: Dante, Petrarca, o uno de los poetas menores, como Tibulo u Ovidio. Leo de sus amores y pasiones que, al recordarme las mías, me entretienen sabrosamente en este pensamiento. Tomo luego el camino de la hostería, donde hablo con los pasajeros y les pido noticias de sus lugares, con lo que oigo diversas cosas y noto los varios gustos y humores de los hombres.

Llega en esto la hora del yantar, en el que consumo con mi familia los alimentos que puede dar esta pobre tierra y mi menguado patrimonio. Después de haber comido, vuelvo a la hostería, donde con el posadero están, por lo común, un carnicero, un molinero y dos panaderos. Con ellos me encanallo jugando a los naipes o a las damas, de lo que nacen mil disputas e infinitas ofensas y palabras injuriosas, y lo más a menudo se combate por un centavo, y hay veces que desde San Casciano se nos oye gritar. Y en esta piojería he de zambullirme para que no acabe de enmohecérseme el cerebro, y para desahogar esta malignidad de mi suerte…

Al caer la noche, vuelvo a casa y entro en mi estudio, en cuyo umbral me despojo de aquel traje de la jornada, lleno de lodo y lamparones , para vestirme ropas de corte real y pontificia; y así ataviado honorablemente, entro en las cortes antiguas de los hombres de la antigüedad. Recibido de ellos amorosamente, me nutro de aquel alimento que es privativamente mío, y para el cual nací. En esta compañía, no me avergüenzo de hablar con ellos, interrogándolos sobre los móviles de sus acciones, y ellos, con toda humanidad, me responden. Y por cuatro horas no siento el menor hastío; olvido todos mis cuidados, no temo la pobreza ni me espanta la muerte: a tal punto me siento transportado a ellos todo yo – tutto mi trasferisco in loro -. Y guiándome por lo que dice Dante, sobre que no puede haber ciencia si no retenemos lo que aprendemos, he puesto por escrito lo que su conversación he apreciado como lo más esencial, y compuesto un opúsculo De Principatibus, en el que profundizo hasta donde puedo los problemas de este tema: qué es la soberania, cuántas especies hay, y cómo se adquiere, se conserva y se pierde”.

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nietzsche7-teatro.jpgAcudir al teatro a ver vivir y morir a Nietzsche en un par de horas es, ya en principio, apasionante. Si además uno se encuentra con un magnífico y entrañable Friedrich Nietzsche (Alfonso Torregrosa)  resulta ya un lujo.

La obra discurre suavemente, con buen ritmo, aunque con la única pega que cabía esperar: en algunos casos resulta algo forzado el hilo de sentencias del filósofo que necesariamente han de estar ahí, pero que quizá podían haberse sucedido con un poco más de fluidez.

Pero a pesar de eso, allí está el genio enloquecido y tierno, deseando papel y tinta (aunque sea de calamar) para escribir o si no, poder tocar el piano en un burdel para hacer llorar a las prostitutas. Lloriqueando, explotando de ideas y de desgarro, convencido, aterrado, indómito, vulnerable.

“Yo soy otro que me mira”, grita lúcido.

Quizá algún experto en la biografía del filósofo pueda sufrir ataques de rigor histórico o conceptual y por ello padezca durante la representación. Muy probable. Pero desde luego, no estamos ante una lección magistral sobre Nietzsche, sino en una resurrección en la que se pueden sentir los jadeos del Nietzsche que quiere ser un payaso. Que grita sobre Dios: “Yo sólo quería jugar. Y si jugar es un delito, ¿por qué lleva él jugando con nosotros desde que existe la humanidad?”. Y entre migrañas y crisis epilépticas sigue jugando. Está encerrado, quizá ¿loco? pero sigue libre porque “la libertad da miedo, pero no se olvida”.

“La sangre acude en torrente donde la razón acude en parihuelas” es otra de las sentencias que lanza, certero, Nietzsche para tratar de rescatar la fuerza verdadera de los hombres, de la humanidad a la que aún pretende salvar, de los que se dejan engañar-porque tienen “sangre de rana”-, de los cautivos de las promesas del otro mundo y del peso de la culpa.

Y aunque incomprendido y manipulado por su entorno, queda una Lou-Andreas Salomé que recuerda cómo su querido amigo le “quitó los calcetines de su espíritu para que pudiera andar descalza”.

Mientras, su vieja y tierna criada lo cuida como a un bebé, lo acaricia, lo mima Y él se deja. Elisenda Ribas es una perfecta Alvina cargada de aguda inocencia, pletórica de bondad, paciencia y amor hacia el profesor, hacia el Nietzsche que toma cucharadas de sopa por Heráclito (no las puede tragar por Platón).

Esa espléndida Alvina cuaja uno de los mejores momentos de la obra: un monólogo que dirige a Dios en un maravilloso intento de conversación con él. Tímida y osada, sincera y sencilla, ofuscada y llena de amor pide al Todopoderoso que lance uno de sus rayos contra quienes quieren arrancarle de sus brazos al querido profesor. Resulta ser un delicioso retrato de la humanidad que no encuentra a dios aquí, en la tierra -que es donde nos hace falta-. Pero dios no está.  ¿Será porque lo ha matado Nietzsche?

La compañía Traspasos nos entrega en el Teatro Español de Madrid este Demasiado humano. Los últimos días de Nietzsche de Jaime Romo -premio de teatro Lope de Vega 2005-, dirigida por Mikel Gómez de Segura.

Si es cierto -y lo creo- que se deben juzgar las obras en tanto que cumplen sus pretensiones, Demasiado humano es un digno levantamiento, una intensa puesta en pie de uno de los más polémicos filósofos de la historia.

…………………….

Rafael Martín es el doctor Moebius, el psiquiatra de Nietzsche

Goizalde Núñez es Elisabeth, la hermana de Nietzsche

Eduardo Mac Gregor es Overbeck, su amigo y teólogo

Susana Hernáiz es Lou-Andreas Salomé, una antigua amiga de la que Nietzsche estuvo enamorado

Txema Blasco es Hartman, el juez que habrá de decidir sobre la capacidad de Nietzsche y, en consecuiencia, sobre su libertad

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Jenny Holzer


holzer_proyeccion-de-xenon-en-el-arno-florencia.jpgUna artista estadounidense -nacida en Ohio en 1950- sorprende en el atrio del Guggenheim de Bilbao con una instalación de nueve enormes columnas de LEDS (Light-Emmiting-Diodes), que en su disposición vertical van dejando caer en forma de letreros luminosos una fantástica secuencia de cortas frases, slogans o truisms: Te miro. Nadie me lo dijo. Estoy triste. Huelo tu ropa. Yo no tuve la culpa. Te espero. Lloro.

 

I smell you on my skin-Proyección de xenon sobre la fachada del Palazzo Bargagli en el río Arno para la Bienal de Florencia (1996)

No puedo recordarlas al pie de la letra. Recuerdo que podía caminar entre las columnas -por delante las palabras caían en castellano, por detrás en euskera- con una sensación de asombro y emoción.

Holzer es una artista que no crea con papel y tinta, ni con mármol, ni con óleo, sino que busca palabras y conceptos para ubicarlos de forma grandiosa en lugares públicos, edificios, taxis o museos. Su trabajo quiere añadir valor a los espacios públicos -también a camisetas-. Holzer quiere regalar al paseante acostumbrado a los grandes anuncios publicitarios, grandes mensajes universales, reflexiones, estados de ánimo. Sorprende porque no quiere vender un perfume o un candidato político: quiere atraer con ideas, con palabras.

Con grandes proyeccionholzer_protect.jpges de aforismos o poemas sobre grandes edificios reivindica la música, la sensibilidad, la reflexión íntima.

No utiliza los canales convencionales, pero consigue con creces atraer la atención creando algo excepcional. Y consigue conmover. Eso ya es arte.

En 1990 representó a Estados Unidos en la Bienal de Venecia y obtuvo el León de Oro.

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” A ser uno con todo lo viviente, volver en un feliz olvido de sí mismo, al todo de la naturaleza. A menudo alcanzo esa cumbre…pero un momento de reflexión basta para despeñarme de ella. Medito, y me encuentro como estaba antes, solo, con todos los dolores propios de la condición mortal, y el asilo de mi corazón, el mundo enteramente uno, desaparece; la naturaleza se cruza de brazos, y yo me encuentro ante ella como ante un extraño, y no la comprendo. Ojala no hubiera ido nunca a vuestras escuelas, pues en ellas es donde me volví tan razonable, donde aprendí a diferenciarme de manera fundamental de lo que me rodea; ahora estoy aislado entre la hermosura del mundo, he sido así expulsado del jardín de la naturaleza, donde crecía y florecía, y me agosto al sol del mediodía. Oh, sí! El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona.”

Hiperión o el eremita en Grecia

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Y mientras ansía apaciguar la sed, otra sed ha brotado; mientras bebe, cautivado por la belleza que está viendo, ama una esperanza sin cuerpo; cree que es cuerpo lo que es agua.

(Met. III, 415-417)

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Esta cinta de José Luis Cuerda se puede resumir en una gran carcajada del principio al final. Es una historia o una antihistoria sin principio ni final -aunque al fin amanezca (que no es poco)-.

Es absurda, surrealista, espontánea. Un completo sinsentido que esconde miles de guiños sólo aptos para españoles (o para quienes conozcan bien ciertas peculiaridades de la raza…) Un pueblo de personajes caóticos pero perfectamente verosímiles dentro del caos.

Es probable quedarse tarareando la canción del maestro rural “causa admiración como trabaja el corazón” levantando los brazos en una suerte de espiritual negro a la española.

En fin, una gozada absurda, eso es.

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Catulo (I)


“Odi et amo. quare id faciam, fortasse requiris?

nescio, sed fieri sentio et excrucior”.

“Odio y amo.

Tal vez preguntes por qué lo hago.

No lo sé, pero siento que es así y sufro.”

( carmen LXXXV)

Cayo Valerio Catulo enamorado de Lesbia, poeta latino, hacedor de versos de alto contenido erótico y a la vez delicado estudioso de estados de ánimo. Entregado a los placeres y al sufrimiento que le provoca su amada confiesa su incapacidad, su impotencia: quiere, pero no puede dejar de amarla, quizá consigue odiarla pero jamás alcanzará la indiferencia.

Eterna sensación…

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