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Archive for 29 mayo 2007

La belleza irrepetible


Puede que esté un poco indignada conmigo misma porque a veces quiero aprisionar los momentos y guardarlos para siempre. A veces me vuelvo vulgar y me entra esa fiebre que debe ser la que mueve a los turistas a dedicar más tiempo a disparar sus cámaras fotográficas que a contemplar el mundo. (Parece que, si les dejaran, serían capaces de arrancar los monumentos o los paisajes, extirparlos, recortarlos y llevárselos a casa.) Pero a mí no me pasa con los lugares, ni con los objetos. Me pasa con las emociones.

Por suerte sé que lo grande de las emociones es su caducidad, lo irrepetible de los momentos que mueren cuando nacen en un vertiginoso y fascinante ciclo. La fugacidad es parte de la sensación estética. Si un grupo de decenas vencejos bailan delante de mí esta tarde me emociona saber que nunca lo van a hacer igual. Hoy lo hacían para mí. Y mañana, su vuelo idéntico será distinto; porque será mañana. Ellos serán los mismos, pero hoy eran otros mientras yo los miraba. Es la belleza de la vida fuerte, de lo que llega y marcha, de lo que sólo nos queda guardar en el recuerdo.

Alguien me dijo una vez que imaginara haber contemplado a Velázquez pintando Las lanzas, que imaginara haberle acompañado en ese genial proceso, o haber asistido al parto de un cuadro de Boticelli y que una vez terminado…se le hubiera prendido fuego…. Pues bien, muchas veces en el día asistimos a momentos magníficos. Y a lo largo de la vida se dan unos cuantos momentos de belleza irrepetible. De la que no hay que querer apoderarse. Una belleza que hay que dejar que marche para que lo sea, para que tenga la capacidad incendiaria del fuego, para que nos alumbre y después se desvanezca. Cervantes: “En todo hay cierta, inevitable muerte”.

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Dios mío, ¡qué vértigo!

¿Qué hubiera sido de nuestro occidente sin poder leer a Platón, a Aristóteles, a Cicerón?

Les pasa a ciertos grandes hombres de la historia que parecen estar ahí para nosotros porque no pudo haber sido de otra manera. Son tan imprescindibles y estamos tan impregnados de ellos que nos parece imposible que no formaran parte de nosotros y, sin embargo, hay que aceptar que están ahí por casualidad. Que son nuestros por casualidad, como nos llega el encuentro con el amor o con el desengaño. Como ocurren todas las cosas que pueden ocurrir así o de aquella otra manera. Esto suena a perogrullada de café cuando hablamos de nuestras vidas, pero resulta más costoso de pensar si hablamos, por ejemplo, de Aristóteles.

Y es que leemos ayer domingo (trece de mayo) en las páginas culturales de El País el interesante hallazgo de unos comentarios a las Categorías de Aristóteles en el Palimpsesto de Arquímedes. Y parece ser que viajaron lo suyo antes de someterse a las tecnologías digitales que pretenden radiografiarlo en este siglo XXI. Como vemos, parece que nuestras tradiciones dependen, en parte, del azar y han sido intervenidas en numerosas aventuras.

Dios mío, ¡qué vértigo!

Como si tuviéramos a Aristóteles de milagro…

Dios mío, ¡qué suerte!

Y no sólo estos comentarios son así de “contingentes”, hace poco una magnífica profesora de Historia de la Filosofía comentaba el apasionante viaje y el sinfín de casualidades que vivieron los textos esotéricos de Aristóteles (sus lecciones) para llegar a nosotros y deleitarnos hoy. Lo primero que conocemos del periplo de estos escritos es que Teofrasto lega estos tratados de escuela a su sobrino Meleo quien, a su vez, las entrega a otros parientes que carecen de criterio filosófico o cultural y que se limitan a esconder estos escritos en un sótano. Parece ser que más adelante, un bibliófilo tiene noticias del paradero de esta obra y la rescata devolviendo los manuscritos a Atenas donde manda realizar copias. En el 86 Atenas es invadida por Sila quien se hace con libros y obras de arte de la ciudad para llevarlos a Roma. Allí Tiranion de Amisos, conociendo la existencia de los manuscritos, seduce al bibliotecario de Sila y hace copias, restituyendo gran parte del original para entregárselo al entonces escolarca del Liceo, Andrónico de Rodas, quien hace la primera recopilación. Para entonces han pasado tres siglos desde la muerte de Aristóteles. 

Sería digno de una película en la que un precioso tesoro pasa por decenas de azarosas manos. Por las manos de los ignorantes que las venden, de los desinteresados que las abandonan durante años en los sótanos, por las manos del tiempo y la humedad que las deterioran, por las manos de los devotos monjes que los borran para escribir alabanzas a Nuestra Señora. Pero por suerte los tenemos, están ahí, para recordarnos que hubo un gran hombre hace decenas de siglos, que hubo grandes ciudades, que existió Grecia, una civilización de la que, aunque a veces no lo parezca, seguimos siendo hijos. 

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“Sí: tú me buscas.

A veces en la noche yo te siento a mi lado,

que me acechas,

que me quieres palpar,

y el alma se me agita con el terror y el sueño,

como una cabritilla, amarrada a una estaca,

que ha sentido la onda sigilosa del tigre

y el fallido zarpazo que no incendió la carne,

que se extinguió en el aire oscuro.

Sí: tú me buscas.

Tú me oteas, escucho tu jadear caliente,

tu revolver de bestia que se hiere en los troncos,

siento en la sombra

tu inmensa mole blanca, sin ojos, que voltea

igual que un iceberg que sin rumor se invierte en el agua

         salobre.

Sí: me buscas.

Torpemente, furiosamente lleno de amor me buscas.

No me digas que no. No, no me digas

que soy náufrago solo,

como esos que de súbito han visto las tinieblas

rasgadas por la brasa de luz de un gran navío,

y el corazón les puja de gozo y de esperanza.

Pero el resuello enorme

pasó, rozó lentísimo, y se alejó en la noche, indiferente y

          sordo.

Dime, di que me buscas.

Tengo miedo de ser náufrago solitario,

miedo de que me ignores

como al náufrago ignoran los vientos que le baten,

las nebulosas últimas, que, sin ver, le contemplan”

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En forma de “oda elemental”, esta poesía es una de las mejores críticas a la crítica. El primitivo  Neftalí Reyes resulta deliciosamente certero. En un tono calmado y firme, sin llegar a ser hiriente, además de la crítica nos regala este canto a la frescura, a la vida:fotoneruda.jpg

“Yo escribí cinco versos
uno verde,
otro era un pan redondo,
el tercero, una casa levantándose,
el cuarto era un anillo,
el quinto verso
era corto como un relampago
y al escribirlo
me dejó en la razón su quemadura,
y bien los hombres,
las mujeres,
vinieron y tomaron la sencilla materia,
brizna, viento, fulgor, barro, madera,
y con tan poca cosa, construyeron paredes,
pisos, sueños.

En una línea de mi poesia
secaron ropa al viento,
comieron mis palabras,
las guardaron junto a la cabecera,
vivieron con un verso,
con la luz que salió de mi costado,
entonces llego un crítico, mudo
y otro lleno de lenguas,
y otros,
otros llegaron ciegos
o llenos de ojos,
elegantes algunos,
como claveles con zapatos rojos,
otros estrictamente vestidos de cadáveres,
algunos partidarios del rey
y su elevada monarquía,
otros se habían enredado en
la frente de Marx
y pataleaban en su barba,
otros eran ingleses,
sencillamente ingleses,
y entre todos,
se lanzaron con dientes y cuchillos,
con diccionarios y otras armas negras,
con citas respetables,
se lanzaron,
a disputar mi pobre poesía,
a las sencillas gentes que la amaban.

Y la hicieron embudos, la enrollaron,
la sujetaron con cien alfileres,
la cubrieron con polvo de esqueleto,
la llenaron de tinta,
la escupieron,
con suave beningnidad de gatos,
la destinaron a envolver relojes,
la protegieron,
y la condenaron,
le arrimaron petróleo,
le dedicaron húmedos tratados,
la cocieron con leche,
le agregaron pequeñas piedrecitas,
fueron borrándole vocales,
fueron matándole sílabas y suspiros,
la arrugaron e hicieron un pequeño paquete,
que destinaron cuidadosamente a sus desvanes,
a sus cementerios,
luego se retiraron,
uno a uno,
enfurecidos hasta la locura
porque no fui bastante popular
para ellos,
o impregnados de dulce menosprecio,
por mi ordinaria falta de tinieblas.

Se retiraron, todos,
y entonces, otra vez,
junto a mi poesía,
volvieron a vivir mujeres y hombres,
de nuevo hicieron fuego,
construyeron casas,
comieron pan,
se repartieron la luz,
y en el amor,
unieron relámpago y anillo.

Y ahora perdonadme señores
que interrumpa
este cuento que les estoy contando,
y me vaya a vivir para siempre con la gente sencilla.”

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Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
desde el alba a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un absurdo defecto. Tus ojos
serán una palabra inútil,
un grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola te inclinas
ante el espejo. OH, cara esperanza,
aquel día sabremos, también,
que eres la vida y eres la nada.

Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.

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