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Archive for 30 julio 2007


Mujer de poca fe me considero en lo que a la resurrección de la carne se refiere y, sin embargo, mi admirado Antonio Priante consigue hacerme cambiar de opinión (al menos en esa resurrección del espíritu y de la vida en que se empeña y logra con los personajes que toca).

Primero puso en pie de manera emocionante en mi biblioteca al severo maestro Schopenhauer. Comprobando que “el pesimista de Frankfurt” había resucitado de la mano de Priante junto con el injusto Goethe (léase El silencio de Goethe o la última noche de Arthur Schopenhauer), me lancé a la Roma de Cicerón con La encina de Mario; al foro y a las intrigas políticas de la época, al viaje vital de un letrado de Roma en constante lucha entre la supervivencia, el interés por la política y su honradez y dignidad. Un filósofo con los pies en la tierra -de Roma-.

Así que empiezan a gustarme estas resurreciones, especialmente porque Priante escoge maravillosamente a sus “víctimas”. Ha encontrado la forma -sean cartas o monólogos- de hacernos llegar en primera persona el aliento de grandes de la Historia, sin pretensiones de convertirse en un atlas, ni en el género que suele denominarse “novela histórica”.

Y le agradezco que se fijara en Catulo y en su Lesbia, Lesbia mía, porque sus versos son de lo más vivo que recuerdo. Y le agradezco que pensara en la grandeza de Cicerón y con ambos se alejara tanto en los siglos, para luego acercárnoslos hoy. Y que luego viajara al XIX alemán para recordarme las críticas de Schopenhauer a Hegel y a toda la filosofía revestida con las corazas universitarias. Y para darle calor humano al genio alemán que quedó huraño y malencarado para la Historia.

No se encarga Priante de hacer retratos sociales (aunque los hay), ni radiografías históricas (que también haylas), ni siquiera biografías al uso. Sino, insisto, resurrecciones. Quizá construye de esos seres lo que nunca vimos de ellos. Lo que faltaba por tejer perdido entre sus obras y las vidas que nos dejan enciclopedias y biógrafos. Con ese material Priante hace alquimia, depura y perfila los recovecos de grandes nombres dando de lleno en la diana de la verosimilitud.

Ya antes de leer El corzo herido de muerte dedicado a Larra, me alegré de que esta vez hubiera tomado de la mano al “demasiado humano” Fígaro que reconoce ir haciendo el delicioso viaje de un corzo al que la insatisfacción tiene herido de muerte.  Priante sienta a Larra a escribir a Ventura de la Vega en una suerte de confesiones o de memorias, o de confidencias, y de esta manera recorremos por los Madriles sus primitivas ansias de reconocimiento literario y periodístico, las luchas a muerte entre el corazón y la razón, las soledades, las angustias, los espejismos de felicidad… Y también la política de una época en la que -como casi siempre- todo parece moverse en el aire, en una España a la que Fígaro desmenuzaba hiriente creando filias, fobias y misteriosos anónimos que se cuelan amenazantes hostigando ora a su pluma ora a su poco “correcta” vida personal. Pero nada sería de Fígaro sin la pasión y Priante lo envuelve de lucha contra los convencionalismos, de un amor tan desgarrado como imposible. Lo envuelve de deseos insatisfechos, de anhelos, de sueños y de decepciones. Y así se nos regala en papel el gran ser humano que Priante dice en alguna entrevista haber descubierto mientras buceaba buscando al verdadero Fígaro.

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Un gran estudio psicológico, una asombrosa puesta en escena, un guión casi perfecto…y la música de Mozart hacen de Amadeus una producción redonda y magnífica. No hace falta ser un docto melómano para vibrar con las notas de los conciertos para piano o de La flauta mágica -excesivas para el emperador José II-, perfectamente entretejidas en la trama de la vida de un Mozart que en la cinta se me aparece quizás algo exagerado de superficialidad, aunque esa frivolidad remata perfectamente al personaje.

Tampoco es necesario ser un gran cineasta para vibrar con la exquisita sensibilidad con que se traza la trágica historia de amor-odio entre Salieri y Mozart. En resumen: ciento cincuenta y ocho minutos de derroche para los sentidos: para la vista, para el oído y…para ese sexto sentido que despierta cuando la emoción se agolpa en la garganta.

A pesar de ser una magnífica recreación histórica, la película gira en torno a la tardía confesión de Salieri, quien reconoce haber matado a Mozart. Cuestión que no tiene más valor que el de una superada anécdota histórica, si no fuera porque ha permitido hacer correr ríos de tinta acercaamadeus075.jpg de la muerte de Mozart que, hoy sabemos, fue debida a causas naturales.

Paradójicamente se podría llegar a decir que Amadeus tiene como protagonista a Salieri quien anciano y desmoronado en un manicomio, no sólo confiesa su inexistente crímen, sino que perfila con una exquisita sensibilidad las intensas y contradictorias pasiones que trajo consigo la cercanía del genio.

El Salieri de la cinta de Milos Forman es orgulloso, tiene una gran ambición musical y mantiene desde bien pequeño un personal “pulso” con Dios. Un dios al que no sólo le ruega y le confía, sino al que exige y recrimina. Porque sabe que le ha dado a Mozart el talento que le niega a él arrojándole al mundo de la mediocridad de la que al final de la cinta hace una magnífica oda mientras es conducido en sillas de ruedas por los pasillos repletos de locos encadenados del psiquiátrico. Salieri admira, ama y vibra con Mozart. Pero igualmente odia a Mozart.

Y lo más irritante no es el genio del músico austríaco, sino su nobleza. Salieri quiere tenerlo como enemigo, pero no lo logra, ni siquiera cuando quiere vengarse y matarlo: Mozart muere antes. Y, aunque disparatado en la película, juesrguista y algo patán, el genio rezuma en todo momento una frescura envidiable, una jovialidad contagiosa y un corazón de oro. Es imposible no rendirse a la música de Mozart ni tampoco a su escandalosamente intensa personalidad. Salieri lo sabe, lo adora, y eso le hace odiarlo aún más.

 ¿Qué decir de la música de Mozart? Lo suyo es escuharla y sentir la belleza. Pero no se puede obviar el magnífico trabajo de Forman a la hora de transmitir acertadísimamente el proceso de creación de una canción: Salieri le ayuda a terminar el Requiem una noche y así asistimos al nacimiento de la magia en la cabeza del genio y a su viaje directo a los pentagramas.

Suenan durante la cinta: El rapto del serrallo, Sinfonía nº 25, Misa Kyrie, Las bodas de FígaroDon Giovanni, La flauta mágica, Réquiem

Año: 1984

USA

Milos Forman dirige la película

F. Murray Abraham es Antonio Salieri

Tom Hulce es Mozart

Elizabeth Berridge es Constanze, la esposa de Mozart 

Jeffrey Jones es el emperador José II de Austria.

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La autocensura


En algún lugar aconsejan que hay que bailar como si nadie estuviera mirando. Y ahora pienso que hay que escribir –con pluma- como si nadie jamás fuera a leer esas palabras. Incluso como si uno mismo nunca fuera a volver sobre esas líneas.

¡Qué sencillo parece! ¡Y qué difícil resulta!
Yo conozco a la autocensura. Es una dama de mirada adusta desde sus ojos amenazadores y críticos. Y procede así: Rebate mis ideas, juzga mi sintaxis y es mordaz e irónica al leerme. Se coloca de pie, a mi espalda. Su rostro es inhumano. A veces tiene mi cara: reconozco en ella mi boca y mis gestos.

Otros días puedo ver en ella el rostro de una muchedumbre espeluznante, rabiosa y armada de improperios afilados que despiadada lanza inevitablemente sobre mis mediocres o excelentes párrafos.

El secreto para que me abandone es ignorarla, olvidarla. Y cuando logro eso…sé que cabizbaja se vuelve sobre sí misma, sobre sus pasos y camina despacio hacia la puerta y huye. Y entonces la pluma corre, se desliza veloz como si patinara sobre mármol, en ocasiones vuela…y las palabras brillan.
Y yo me enorgullezco de haberle ganado la pelea. 

A ella.

A la autocensura.

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