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Archive for 31 agosto 2007


“Todo hombre por naturaleza desea saber…”, declara, magnífico, Aristóteles abriendo su Metafísica. ¿Se podría añadir, en un apócrifo ejercicio, que todo hombre desea por naturaleza emocionarse, vibrar, sentir? -me pregunto-. ¿Todo hombre vaga de alguna manera en pos de la belleza?

La belleza es un nexo, una proporción, un equilibrio, una escurridiza geometría interna en los sucesos y en las percepciones. Y existe sólo -creo- cuando se la detecta, cuando se la observa. Cuando la sensibilidad humana la despierta. 

¡Y hay belleza tantas veces!: La evidente en un lienzo impresionista, desde luego. Inmediata y rabiosa en un acantilado. En una emoción, en un poema.

Pero siento que hay más belleza cuando está la muerte. Cuando las Parcas juegan su partida cerca. Cuando sucede que va la vida en ello. Cuando se gana o se pierde. Siento que es así, precisamente en un mundo en el que buscamos ir acolchados de seguridades. En el que queremos negarnos la evidencia de que lo único que vale en la vida es el nudo feliz en la garganta. Que tiene siempre un punto de tragedia. Que viene siempre al lado de lo irremediable.

Por eso la belleza no tiene prevenciones. Ni ha de ser políticamente correcta, sino que nace libre, incendia y muere. Y no vale retocarla con cuidado. Las cosas que valen tienen la fuerza del aquí y del ahora. Del cronos que devora y del instante que no vendrá mañana -ni falta que nos hace-.

En la belleza, de esa que yo hablo, sólo caben enormes las verdades. Personajes en llamas, poemas que sangran. La vida, que ha de ser conscientemente trágica, se permite el lujo, el simulacro de parar el tiempo por unos instantes. Y luego vuelve a ser calmada y rutinaria. Por eso la belleza vale. Por su escasa y su leve  permanencia.

Y se puede tener hambre de belleza.  Y querer fabricarla con urgencia. Con acierto o torpeza. A jóvenes hachazos. Y perseguirla donde sea que pueda hallarse.

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Buenos libros


¿Qué tienen en común Los Miserables de Hugo, El Principito de Saint Exupéry, La Peste de Camus, el Elogio de la locura de Erasmo, la Antígona de Sófocles y La conjura de los necios de Kennedy-Toole?

Quizá eso: que son buenos libros. Que son importantes. Que hablan de cosas importantes. Que dejan un poso. Que son universales. Que vienen a la cabeza todos a la vez como parapetos intelectuales cuando se comparan con cierta basura literaria… Que hacen sentir bien sabiendo que existen. Que proporcionan impagables fragmentos de felicidad. (Yo también imagino a veces el paraíso como una biblioteca…) Que uno piensa, cuando empieza el primer párrafo, que es imperdonable no haberlo leido antes y, a la vez, que es una suerte tener aún ese placer por estrenar… Y en muchas ocasiones un buen libro se reconoce cuando se siente esa maravillosa envidia sana por no haber sido el autor.

Dicho esto, no pretendo aquí hacer un “top ten” de libros de la historia pero sí ampliar mi inventario con SUGERENCIAS Y OPINIONES de quienes conozcan un poco este blog… Estaré eternamente agradecida ante nuevos descubrimientos y reflexiones. 

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                                        En todo hay cierta, inevitable muerte.

                                                                                 Cervantes.

Siento que paso a paso se adelanta

al doloroso paso de mi vida

el ansia de morir que siento asida

como un nudo de llanto en la garganta.

Fue soledad, fue daño y pena, tanta

pasión que en sangre, en sombra detenida,

me hizo sentir la muerte como herida

por el vivo dolor que la quebranta.

Siento que paso a paso, poco a poco

con un querer que quiero y que no quiero,

se adentra en mí su decisión más fuerte:

sintiendo en cuanto miro, en cuanto toco,

con tan clara razón su afán postrero,

que en todo es cierta, inevitable muerte. 

                                                 José Bergamín

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