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Archive for 28 septiembre 2007

Remaining


Qué extraña se me antoja esta bendita noche,

qué lejana parece estar la luna,

qué insultante resulta tu recuerdo

qué pequeña se queda esta poesía.

Ínfimas las palabras no caben en el pecho

y por si fuera poco,

el vendaval las borra

y vienen otras -cargadas

de nostalgias-.

Pálidas las palabras

prácticamente muertas

de hambre, de pena,

y de melancolía.

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El diccionario de la Real Academia Española considera que “cándido” e “ingenuo” son sinónimos. Quizá las palabras lo sean. Ambas aluden a la falta de malicia, a la sencillez, a cierta inocencia… Sin embargo, sobran ejemplos que demuestran que esas características pueden inclinar al hombre hacia el desastre o hacia la excelencia. Según.

Así que, palabras aparte, hace falta un matiz que separe esas dos cualidades, esas dos actitudes, en su justa medida. Porque una falta extrema de malicia puede ser bobalicona. En su dosis justa puede ser deliciosamente iluminadora. Y en esa diferencia puede ir la vida: en la diferencia entre un necio y un hombre magnífico.

Escribo esto tras leer una anécdota de Heidegger en la que narra un encuentro casual con Ortega y Gasset en el jardín de un amigo arquitecto en la ciudad alemana de Darmstadt. Heidegger cuenta que recuerda al filósofo español sentado en el césped, abatido, triste y sujetando una copa de vino. Triste, explica, “por la impotencia del pensar frente a los poderes del mundo contemporáneo”. Y percibió, alaba Heidegger, en Ortega “una ingenuidad que estaba ciertamente a mil leguas de la candidez”: ¡Vaya precisión en el diagnóstico!

Hagamos caso a la acertada precisión de Heidegger y pensemos que ambos términos no parecen ser absolutamente sinónimos. O que haya quizá dos “candideces” y dos “ingenuidades”. Sea como sea, resulta necesaria la diferenciación. Porque el caso es que el Ortega que sufría en el césped estaba siendo ingenuo. Y por ello entiendo joven, fresco, vivo, radiante. Estaba haciendo gala de la más radical capacidad del hombre: la capacidad de asombro, de implicación intelectual y de disgusto. Casi en la vejez, el cuadro es el de un pensador que sufre porque aún no está desengañado, no está de vuelta de esto y de aquello. Aún necesita pensar con profundidad y con rigor.  Aún está en el mundo y se duele de impotencia. Aún es un guerrero y no se rinde. Ahí está la fuerza de un corazón que no se desanima y que no desprecia ni huye de las cuestiones que le incomodan y le aturden. Se desespera como un niño despierto que comienza a encontrarse con sorpresas y contradicciones. Cuando cabe aún esa decepción sentida es porque quedan en pie esperanza e ilusiones.

Esa grandeza de la vida, la que consiguen pocos, era en Ortega una marca constante.

Así pues, se puede ser ingenuo –auténticamente humano, falto de peligrosa malicia- sin caer en la pueril candidez o en la descreencia y el desánimo.

Ingenuos, cándidos… Bien o mal empleadas las palabras, el comentario de Heidegger sugiere dos actitudes posibles. Y, como siempre: lo bonito. O lo feo. La fatiga o la fuerza. La vida y la muerte.

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Resucitar en otra lengua


Un traductor debería tener la obligación de amar lo que está traduciendo, ¿no creen?

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