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Archive for 5 noviembre 2007


Está estos días en los periódicos una mujer de fuego. Una mujer de esas ante las cuales resultan irrisorias las habituales reivindicaciones feministas, paritarias o igualatrices. Se llamaba Camille Claudel y sólo tenía diecinueve años cuando conoció a Auguste Rodin quien en alguna carta la llama “mi feroz amiga” y a quien estuvo intensamente unida por el arte y por el amor. Fue una escultora revolucionaria y una joven apasionada.

Está en los papeles estos días porque una exposición en Madrid va a albergar parte de sus obras y tratar de rescatar su recuerdo. De devolverle su identidad, su personalidad que, de alguna manera quedó demasiado unida a la de su maestro y amante.

¿Cómo no temblar pensando en ese primer encuentro entre ellos en la  Academia Colarusi de París? Una joven hermosa, una valiente y despierta muchacha llena de talento que ve por primera vez a quien será para siempre el eje de su vida. Comenzaba para ella el torbellino de arte, pasión, creación y locura al lado de un artista volcánico. Camille se entregó a la vorágine trágica del laberinto del genio. Y perdió la batalla… La ganaron los celos (Camille se sintió siempre despechada ya que jamás consiguió la exclusividad en el amor de un Rodin que la compartía con la costurera Rose Beuret). También los celos artísticos de un Rodin que amaba, admiraba y protegía a su discípula, a la vez que temía su talento. El genio no podía soportar la idea de que la muchacha le hiciera sombra y evitó ayudarla demasiado en su carrera como escultora.

¡Es tan frecuente encontrar al amor intenso y a la pasión cogidos de la mano de la locura y de la tragedia! Los personajes fuertes son trágicos, complejos, turbios, tormentosos. Pero a la vez sugerentes y atractivos como el mejor de los venenos. Seducen, deleitan, embriagan y matan. Y es que ese amor al que canta Lope -“quien lo probó lo sabe”- esconde siempre la tentación de la locura. Quizá sea imposible no sucumbir a tan exquisito bocado.

Ella, Claudel, es una muestra: Rodin debió ofrecerle ese “veneno por licor süave”. Y ella probó. Bebió: Cuando quiso apartarlo era tarde. La ruptura inauguró, al parecer, uno de los mejores momentos artísticos de Claudel. Quizá ya liberada artísticamente, sus obras ganaron fuerza e independencia. Sus esculturas parecían librarse de la sombra de Rodin, sin embargo su espíritu no debió nunca conseguir la paz que quizá le robó el maestro. En una de las cartas que escribe desde el psiquiátrico en el que pasó los treinta últimos años de su vida confiesa: “Merecía algo más que esto”.

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