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Archive for 11 junio 2010


Cuando más falta nos hace, llega, por ejemplo, Alain Badiou. Y nos habla del “acontecimiento”. Y nos  creemos que se trata de un nuevo slogan de mercado. Y como tal lo tratamos, como si fuera un evento de los que se organizan con azafatas y canapés, fecha, hora e invitación. “¿Adónde viene usted?” Y estaríamos encantados de responder: “¿Yo?, vengo al acontecimiento, por supuesto”. Porque seguimos siendo víctimas de la mentalidad de consumo, de praxis como utilidad, de consecución y de objetivos.

Y yo me imagino que Badiou ha de retorcerse en su sillón y proferir alaridos de dolor intelectual.

Pero el acontecimiento que yo leo en Badiou está hecho de muy otra pasta. Es tan contradictorio y sutil, que resulta, como idea, molesta y escurridiza para nuestras mentes científicas, tecnológicas y apoéticas.

Además queremos logros, trabajamos por objetivos y plazos como nos enseña nuestro mundo laboral: queremos las revoluciones ya, los cambios aquí y ahora, convocables con fecha y hora y susceptibles de incluir en una buena “memoria de resultados”.

Como poco, ante esto, diré que me aburro. Además, me parece feo. Y además paradójicamente inoperante y paralizador, mortal, castrante actitud ansiosa y antifilosófica.

¿Qué nos pasa cuando a Badiou le pedimos que concrete cuándo hay o no acontecimiento? Pasa que simplemente no le hemos entendido y, lo que es peor, no estamos individualmente preparados para comprenderle. Porque nuestras vidas, nuestras estructuras vitales han sido desposeídas de esa capacidad. ¡Fantástico círculo vicioso! Aterrador.

Entender qué es un acontecimiento es en sí mismo ya un acontecimiento. Porque la fidelidad de la que habla el filósofo francés es una actitud, no un acto concreto. Es una potencia infinita llena de infinitos posibles actos que no requieren más que de unas condiciones de posibilidad, de disposiciones de lo posible. ¡Qué escurridizo les parece a algunos! A los radicales, a los concretos, a los inmediatos, me atrevería a decir que a los cuadriculadamente muertos, asfixiados por los conceptos y las concreciones.

Porque “acontecimiento”, ese sustantivo, es inmediatamente pensado como concepto definible y si no, nuestros esquemas nos animan a expulsarlo de nuestro diccionario, de nuestros inventarios y repertorios, pero NO. El acontecimiento de Badiou no es un concepto al uso (OJO ¿?), es una afirmación, es una actitud que por serlo ya es acto.

Pero aquí estamos intentando apresarlo, reducirlo, enlatarlo, como hacen algunos críticos literarios con la poesía, algunos exégetas que asesinan a sangre fría o mutilan sin piedad los poemas para que quepan en los trajes de sus aprioris rígidos y atenazantes.

El acontecimiento lo es porque puede ser. Y no es una utopía porque ocurre, irrumpe, rompe y rasga, descoloca. Y por eso tiene la entrada tan vetada: si algo no nos gusta es que nos descoloquen.

Y me importa un bledo ya cómo lo diga Badiou, seamos irreverentes con nuestros autores: dejemos que jueguen el papel libre de seducirnos, impregnarnos, dejemos que sus sugerencias crezcan y vivan en nosotros para no ser meros aduaneros de propuestas teóricas.

El acontecimiento es lo más sólido en que se puede pensar. Es, desde un punto de vista ético “el bien”, “la verdad” en términos trascendentales –pero “terrestres”, por dios- y el resto son pantomimas que mezclan y desordenan en busca del orden.

Nada hay más revolucionario, y más pacíficamente violento (no es una contradicción, digo pacíficamente violento o violentamente pacífico, si lo prefieren) y, por tanto vivo y fecundo. El acontecimiento ocupa el lugar de la abulia y de la fealdad, no sólo hace acto de presencia, sino que a la vez elimina la comparecencia de los sucedáneos y de los minutos torpes y apáticos.

 Y si alguien no entiende aún a lo que nos referimos que piense en las situaciones vitales que realmente le han producido vértigo, que le han desmallado (con elle), descoyuntado, en las que el suelo se ha roto bajo los pies para después de unos segundos sentir un suelo nuevo y sentirse más fuerte y más evanescente a la vez.

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