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Archive for the ‘Libros’ Category


Fumadora empedernida, premio Nobel, polaca: ha muerto en casa, tranquila, mientras dormía.

Dejo este poema que leo recurrentemente desde que cayó en mis manos.

Gracias, señora. Gracias siempre.

AQUÍ

No sé cómo será en otras partes

pero aquí en la Tierra hay bastante de todo.

Aquí se fabrican sillas y tristezas,

tijeras, violines, ternura, transistores,

diques, bromas, tazas.

Puede que en otro sitio haya más de todo,

pero por algún motivo no hay pinturas,

cinescopios, empanadillas, pañuelos para las lagrimas.

Aquí hay un sinfín de lugares con sus alrededores.

Algunos te pueden gustar especialmente,

puedes llamarlos a tu manera,

y librarlos del mal.

Puede que en otro sitio haya lugares así,

aunque nadie los encuentra bonitos.

Quizá como en ningún sitio, o en pocos sitios,

aquí tengas un torso separado

y con él los instrumentos necesarios

para añadir los propios a los niños de otros.

Y además brazos, piernas y una cabeza sorprendida.

La ignorancia tiene aquí mucho trabajo,

todo el tiempo cuenta, compara, mide,

saca de ello conclusiones y raíces cuadradas.

Ya, ya sé lo que estás pensando.

Aquí no hay nada duradero,

porque desde siempre hasta siempre está en manos de los elementos.

Pero date cuenta: los elementos se cansan rápido

y a veces tienen que descansar mucho hasta la próxima vez.

Y sé qué más estás pensando.

Guerras, guerras, guerras.

Pero incluso entre las guerras a veces hay pausas.

Firmes -la gente es maña.

Descansen -la gente es buena.

A la voz de firmes se produce devastación.

A la voz de descansen se construyen casas sin descanso

y rápidamente se habitan.

La vida en la tierra sale bastante barata.

Por los sueños, por ejemplo, no se paga ni un céntimo.

Por las ilusiones, sólo cuando se pierden.

Por poseer un cuerpo se paga con el cuerpo.

Y por si eso fuera poco,

giras sin billete en un carrusel de planetas

y junto a éste, de gorra, en un torbellino de galaxias,

en unos tiempos tan vertiginosos

que nada aquí en la Tierra llega ni siquiera a moverse.

Porque mira bien:

la mesa está donde estaba,

en la mesa una carta, colocada como estaba,

a través de la ventana un soplo solamente de aire,

y en las paredes ninguna terrorífica fisura

por la que el viento se te lleve a ninguna parte.

Wislawa Szymborska. AQUÍ.

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PLACERES

La primera mirada por la ventana al levantarse

el reencuentro con el viejo libro,

rostros entusiasmados,

nieve,

el cambio de las estaciones,

el periódico,

el perro,

la dialéctica,

ducharse,

nadar,

música antigua,

zapatos cómodos,

comprender,

música nueva,

escribir,

plantar,

viajar,

cantar,

ser amable.

Bertolt Brecht

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Lou Andreas Salomé, chiquita muy seria capaz de desquiciar -en el mejor sentido de la palabra- a algunas de las grandes mentes de nuestro pasado inmediato, quiso, según cuenta el biografo de Rilke, Antonio Pau, que el “joven poeta” se sometiera (¡qué mal suena este verbo en este caso) a unas sesionesn de psicoanálisis. Él explica así su rechazo en su segunda carta a von Gebsattel , fechada el 24 de Enero de 1912:
 
“Quizás sean exageradas las reservas que yo manifestara recientemente (con respecto al psicoanálisis), pero en la medida que me conozco me parece seguro que si me expulsaran mis demonios, también mis ángeles pasarían (digamos) un pequeño susto y compréndalo usted, eso es justamente lo que no puede ocurrir”  (RMR)
 
Y que nadie sospeche ni por asomo que hay una postura contra el psicoanálisis en la elección de este párrafo (me curo en salud por si las moscas o moscos…): hay un profundo amor incondicional por Rilke y ganas de compartir esta cita que siempre me ha parecido que tenía mucha miga y que me rondaba ayer tarde la cabeza durante una espléndida charla de Jorge Alemán y al hilo de algunas intervenciones de Ignacio Castro tratando de reivindicar ese “plus” de la “mala vida” que las agencias evaluadoras que nos incuban -creo que desde que el mundo es mundo aunque ahora cobren nuevas formas- se empeñan en arrebatarnos.
 
Algo de eso había en ese Rilke que protegía a capa y espada a sus queridos “demonios”. Y los llama demonios…

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Hoy es 17 de febrero.

El 17 de febrero de 1600, tras ocho años en la cárcel de la Inquisición -primero en Venecia y luego en Roma- Bruno, el hereje, es quemado vivo en la deliciosa plaza romana de Campo dei Fiori, infausto lugar que actualmente preside majestuoso y solemne un imponente Giordano de bronce obligado desde 1889 a mirar hacia su verdugo, el Vaticano. Demasiadas irreverencias en carne y hueso, como para permitir que las siga haciendo en bronce…

Hoy en Roma, en esa plaza de ejecuciones, estarán colocando una corona de laurel a sus pies con las iniciales SPQR.

Dejo aquí un poema vigente y lleno de sorna y  una imagen del impresionante Bruno de Ferrari tomada hace poco

Pequeña Moleskine-Roma 2010
Giordano Bruno- Roma.

 

 

ELOGIO DE LA ASNALIDAD

“Oh, asnalidad, santa sin parigual,

gustas de desplegarte en la piedad

 y sabes manejar tan hábilmente las almas,

que nunca más las esponjarán espíritu y juicio.

 

Oh, santa ignorancia, a tu rica suficiencia

no la amenazan las figuras del terror,

como el arte y el saber, envejecidos

en la contemplación de las lejanas señales celestes.

 

¿Qué aprovecha a la curiosidad el deseo de saber

cómo es la naturaleza, y si también los astros

están amasados de tierra, agua y fuego?

 

Semejantes cerebros no temen al Santo:

con las rodillas clavadas en el polvo aguardan

la llegada de Dios en el cerebro del asno.”

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Cuando más falta nos hace, llega, por ejemplo, Alain Badiou. Y nos habla del “acontecimiento”. Y nos  creemos que se trata de un nuevo slogan de mercado. Y como tal lo tratamos, como si fuera un evento de los que se organizan con azafatas y canapés, fecha, hora e invitación. “¿Adónde viene usted?” Y estaríamos encantados de responder: “¿Yo?, vengo al acontecimiento, por supuesto”. Porque seguimos siendo víctimas de la mentalidad de consumo, de praxis como utilidad, de consecución y de objetivos.

Y yo me imagino que Badiou ha de retorcerse en su sillón y proferir alaridos de dolor intelectual.

Pero el acontecimiento que yo leo en Badiou está hecho de muy otra pasta. Es tan contradictorio y sutil, que resulta, como idea, molesta y escurridiza para nuestras mentes científicas, tecnológicas y apoéticas.

Además queremos logros, trabajamos por objetivos y plazos como nos enseña nuestro mundo laboral: queremos las revoluciones ya, los cambios aquí y ahora, convocables con fecha y hora y susceptibles de incluir en una buena “memoria de resultados”.

Como poco, ante esto, diré que me aburro. Además, me parece feo. Y además paradójicamente inoperante y paralizador, mortal, castrante actitud ansiosa y antifilosófica.

¿Qué nos pasa cuando a Badiou le pedimos que concrete cuándo hay o no acontecimiento? Pasa que simplemente no le hemos entendido y, lo que es peor, no estamos individualmente preparados para comprenderle. Porque nuestras vidas, nuestras estructuras vitales han sido desposeídas de esa capacidad. ¡Fantástico círculo vicioso! Aterrador.

Entender qué es un acontecimiento es en sí mismo ya un acontecimiento. Porque la fidelidad de la que habla el filósofo francés es una actitud, no un acto concreto. Es una potencia infinita llena de infinitos posibles actos que no requieren más que de unas condiciones de posibilidad, de disposiciones de lo posible. ¡Qué escurridizo les parece a algunos! A los radicales, a los concretos, a los inmediatos, me atrevería a decir que a los cuadriculadamente muertos, asfixiados por los conceptos y las concreciones.

Porque “acontecimiento”, ese sustantivo, es inmediatamente pensado como concepto definible y si no, nuestros esquemas nos animan a expulsarlo de nuestro diccionario, de nuestros inventarios y repertorios, pero NO. El acontecimiento de Badiou no es un concepto al uso (OJO ¿?), es una afirmación, es una actitud que por serlo ya es acto.

Pero aquí estamos intentando apresarlo, reducirlo, enlatarlo, como hacen algunos críticos literarios con la poesía, algunos exégetas que asesinan a sangre fría o mutilan sin piedad los poemas para que quepan en los trajes de sus aprioris rígidos y atenazantes.

El acontecimiento lo es porque puede ser. Y no es una utopía porque ocurre, irrumpe, rompe y rasga, descoloca. Y por eso tiene la entrada tan vetada: si algo no nos gusta es que nos descoloquen.

Y me importa un bledo ya cómo lo diga Badiou, seamos irreverentes con nuestros autores: dejemos que jueguen el papel libre de seducirnos, impregnarnos, dejemos que sus sugerencias crezcan y vivan en nosotros para no ser meros aduaneros de propuestas teóricas.

El acontecimiento es lo más sólido en que se puede pensar. Es, desde un punto de vista ético “el bien”, “la verdad” en términos trascendentales –pero “terrestres”, por dios- y el resto son pantomimas que mezclan y desordenan en busca del orden.

Nada hay más revolucionario, y más pacíficamente violento (no es una contradicción, digo pacíficamente violento o violentamente pacífico, si lo prefieren) y, por tanto vivo y fecundo. El acontecimiento ocupa el lugar de la abulia y de la fealdad, no sólo hace acto de presencia, sino que a la vez elimina la comparecencia de los sucedáneos y de los minutos torpes y apáticos.

 Y si alguien no entiende aún a lo que nos referimos que piense en las situaciones vitales que realmente le han producido vértigo, que le han desmallado (con elle), descoyuntado, en las que el suelo se ha roto bajo los pies para después de unos segundos sentir un suelo nuevo y sentirse más fuerte y más evanescente a la vez.

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“Hay un espectáculo más grande que el del mar, y es el del cielo; hay un espectáculo más grande que el del cielo, y es lo interior del alma.

Escribir el poema de la conciencia humana, aunque sea a propósito de un sólo hombre, a propósito del hombre más insignificante, sería unir, fundir todas las epopeyas en una sola grandiosa y completa. La conciencia es el caos de las quimeras, de las ambiciones, de las tentativas, el horno de los delirios, el antro de las ideas vergonzosas, el pandemónium de los sofismas, el campo de batalla de las pasiones. Si a ciertas horas penetráramos al través de la faz lívida de un ser humano que reflexiona; si mirásemos detrás de aquella faz, en aquella alma, en aquella oscuridad, descubriríamos bajo el silencio exterior, combates de gigantes como en Homero, peleas de dragones y de hidras, y nubes de fantasmas como en Milton; espirales visionarias como en Dante. No hay nada más sombrío que este infinito que lleva el hombre dentro de sí, y al cual refiere con desesperación su voluntad y las acciones de su vida.”

Es Hugo. Es Los miserables. Es la tempestad bajo el cráneo de Juan Valjean (o del señor Magdalena…)

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“Por eso, querido señor, ame su soledad, soporte el dolor que le ocasiona; y que el son de su queja sea bello. Pues los que están cerca de usted están lejos, dice; y esto demuestra que se forma un ámbito en torno de usted. Y si su cercanía es lejana, entonces su ámbito ya linda con las estrellas y es casi infinito; regocíjese de su adelanto, en el cual, claro es, no puede llevar consigo a nadie, y sea bueno con los que se rezagan, y esté seguro usted y tranquilo ante ellos, y no los atormente con sus dudas y no los intimide con su confianza o su gozo que no podrían comprender. Procure cierto modo de comunión sencilla y leal con ellos, comunión que no debe cambiar necesariamente aun cuando usted mismo experimente sucesivas transformaciones; ame en ellos la vida bajo una forma extraña y sea indulgente con los hombres que envejecen, pues temen la soledad en que usted confía. (…)

Pero su soledad, aun en medio de muy inusitadas condiciones, le será sostén y hogar; y desde ella encontrará usted todos sus caminos”.

Estas palabras corresponden a la obra en prosa del poeta Rainer Maria Rilke (1875-1926), Cartas a un joven poeta, un espistolario a un interlocutor desconocido que parece ser el mismo Rilke de joven.

Descubro recientemente (¡qué curioso!) que Rilke fue amante de Lou Andreas-Salome, una mujer que también mantuvo intensas relaciones personales con otros dos grandes de la época: Nietzsche y Freud.  

Volcado en un cierto momento en la vida intelectual y bohemia de París, Rilke se siente fascinado por Cézanne y, por supuesto, por un Auguste Rodin de quien sería secretario entre 1905 y 1908, aunque se dice que la personalidad del escultor acabó avasallando al poeta.

Retales de su biografía aparte, diría que el párrafo que selecciono arriba no tiene desperdicio…: Redondo y perfecto en forma y contenido. El lenguaje y la cadencia son casi bíblicos. Rilke explica las delicias y las virtudes de la soledad fecunda y de la vida interior. Parece querer decirse a sí mismo, al joven que fue y a todos los demás, que no le tenga miedo a la soledad, que no tema al no encontrar interlocutores (“en su adelanto no puede llevar consigo a nadie”) o al encontrarlos rezagados. Esa distancia es un síntoma de que su viaje es valioso. Rilke sostiene que el camino de la excelencia y del deleite se realiza en solitario. Los interlocutores cercanos están, en realidad, lejos. E incluso no debe intentar acercarlos para no atormentarlos… Y sin embargo, tras esta consideración, calma la posible altivez, desconsideración o misantropía de sus palabras volviéndose al mundo y recomendando”una comunión sencilla y leal” con los semejantes, evitándoles sus cuitas e inquietudes que no a todo el mundo han de beneficiar necesariamente… Sin duda polémica reflexión. Certera. Interesante. 

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