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El afilador


afilador-angel-rojo-1El afilador

Esta mañana a eso de las once y media un timbrazo me ha sacado de la cama. Señora, es el afilador, ¿tiene usted cuchillitos pa’ arreglar? Respondo “nogracias” como una autómata. Y algo en mi cerebro reptiliano ha debido de pensar que igual sí que tengo cuchillitos pero otra cosa es que tenga yo el tiempo para ponerme a revisarles el filo. Y luego bajárselos a usted al portal. Que tiene usted una profesión anacrónica y muy poquita idea de tendencias emergentes de mercado. Porque igual mis cuchillitos están hechos unos zorros, pero si algún día reparo en ello, buscaré en internet una oferta de Ikea, me traerán unos nuevos a casa, sin pasar por la tienda, sin hablar con nadie, sin comprobar los filos y los nuevos tendrán un diseño ideal, con toque hípster y todo, aunque no corten el filete, pero eso da igual.

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Y tiraré mis viejos cuchillos, esos que usted cree que le voy yo a bajar al portal para que usted con su silbidito años ´60 tiruriruuuuriiiiielafiladoooooor  que me recuerda a la infancia y a los gitanos con la cabra y el pianillo los arregle. Que este barrio ya no es el de cuéntame. Que aquí no hablamos con la gente, ni arreglamos los objetos cuando se desgastan. Aquí los tiramos a la basura y reinvertimos online con nuestra Mastercard a golpe de teclado y sin dependiente al que haya que pedir nada. Google me sugerirá la oferta que mejor se adapta a mí porque sabe mucho más que yo acerca del cuchillito que me hace falta. Porque Google e Ikea tienen algoritmos, señor afilador, que parece usted del Cretácico inferior. Usted no tiene nada que hacer frente al Big Data que sabe de mí más que yo misma y tanto mejora mi vida. Y si miro un rato la página de cuchillitos y luego no me decido, el señor Big Data lo sabrá y, muy majo él, me recordará la falta que me hacen los cuchillos nuevos asaltándome en cada banner de mi pantalla. Para que no me olvide.

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Pero mira que usted es osado importunando a la gente en casa. Que uno está muy tranquilo y si quiero yo arreglar cuchillos, ya buscaré afiladores en el 11888 ese que lo saben todo. Qué molesto llamando a todos los timbres, menudo revuelo monta. Que se te mete en casa…Porque otra cosa es que el señor algoritmo me recuerde en cada página web que he consultado casas rurales en Villabotijo de abajo y que las ofertas aún me están esperando. O que hay un pack de braguitas de mi talla, esperando para ser enviadas. Google me lo recuerda “sutilmente” en mi pantalla, en la del iPad, en el móvil y en el portátil cada vez que me conecto. Y es de agradecer, que si no me perdería todo eso. Y si bajo a hablar con usted, de cuchillos o lo que sea, pues al final se me pasa la mañana y ni actualizo mi Facebook ni retuiteo ni nada, que estoy siguiendo un hilo buenísimo con unos de Costa Rica sobre cómo montar una empresa online. Que no es que tenga yo nada que vender, pero eso ya se me ocurrirá después. Que también hay cursos online de creatividad e iniciativa empresarial y apertura de mercados para futuros emprendedores. Y está genial y además te hacen descuento en el máster de liderazgo. Con clases interactivas que no tienes ni que seguir en directo. El profe ni suda ni huele. Y encima me viene guay para el currículum.

Me pregunto si quedará alguna señora que baje con sus cuchillos y espere a que en un ratito usted se los devuelva afilados y relucientes por un par de euros. Eso es viejuno. Ni creo que pueda llegar a ser ni un poco trendy porque entre que busco los cuchillos, bajo al portal, veo que viene usted con la bicicleta esa y la maquinita de afilar en ristre y que sabe usted hacer cosas con las manos, mejor me quedo en casa jugando al Candy Crush o mejorando mi visibilidad en internet para mejorar mi cibervida social que ni huele ni suda. Pero que hay que ver cómo mola…

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Ahora que lo pienso…, usted podía pensar en abrir una web y ofrecer sus servicios y se pone usted a afilar online como un loco e igual amplía su mercado y le llaman para afilar cuchillos en Wisconsin. Pero claro, a ver de dónde saca usted un community manager que le gestione su target. Pfff, no lo veo, tendría que hacer un estudio de mercado, mater en imagen corporativa y diseño de logo… Lo dicho, que lo suyo es una de esas profesiones en desuso, que desaparecen, claro, porque en qué momento me iba a plantear yo bajarle los cuchillos al portal… si ahora que lo dice voy a entrar en Zara Home, en la sección de menaje, que está llena de ofertas alucinantes. En lo que tardo en bajárselos ya he hecho la compra online. Que el algoritmo me la ha puesto a güebo. Y mañana con un código que me han mandado, se lo enseño en la pantalla del móvil a la señorita de Zara y ella mete el código en su ordenador y le sale mi pedido. No tendré ni que explicarle a la chica cómo eran los cuchillos que compré. Ya ni me acuerdo. Pero a ella le salen en el numerito de registro. Y no me tendrá que dar ni las vueltas, así no tengo ni que calcular, ni sumar, ni restar -ni fiarme a ciegas de ella-. Porque ya está ciberpagado. Mira que es cómodo. Pues lo dicho, que el próximo día que venga usted, le explico todo esto por el telefonillo…si tengo un rato. Menudo domingo llevo…qué gente tan rara. La del tercero le ha bajado el jamonero y los cuchillitos de postre. Ya decía yo que es rancia… Pero rancia, rancia.

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¿Que si se puede hacer poesía después de Auschwitz? Algo así preguntaba sinceramente Adorno, respondiendo que tal cosa sería una barbarie… Pues quizá no se puede hacer poesía, se debe. Quizá hemos de discutir si la barbarie sería no hacerla. porque quizá sea la única manera de decir algo, de afirmar, de seguir vivos después de aquel horror.

Desde luego que no es cuestión de hacer poesía bucólica y pastoril. Es cuestión de que, quizá también, sea el único modo del lenguaje que pueda hacerse cargo del grito mudo que necesitamos proferir justo antes de pensar otros mundos posibles.

Sin duda lo peor de Auswitzch es que ha sucedido. Que ocurrió esa condensación extrema del mal. Pero una vez que ha pasado, creemos que nada puede ser peor. Que tenemos la suerte de no ser conducidos otra vez a los campos de la muerte en aquellos trenes. Tenemos esa suerte y no nos han tatuado un numerito en el brazo como membrete de la infamia.

Pero es que la destrucción organizada, la industria del terror, aquella pulcra y elegante conferencia de Wannsee de 1942, se repite. La banalización del mal que diagnosticaba, certera, Hannah Arendt, sigue sucediendo hoy. Las formas en que el mal se cuela en nuestras vidas son igualmente frías y calculadas y las centenas de miles de muertos vagan hoy por las calles con la apariencia de los zombies. Quizá no pasan hambre, incluso estén sobrealimentados, hasta obesos. No están incomunicados de los suyos, tienen decenas de redes sociales, apps y demás métodos de pseudocomunicación. No están condenados a trabajos forzados y tienen la suerte de tener un trabajo de 8 a 8 en Andersen Consulting -o como dios quiera que se llame ahora- e intercambian tarjetas de visita esmeriladas en reuniones encorbatadas como en American Pshyco.

Puede ser que esté de más la comparación con los campos de exterminio. Al fin y al cabo, en el ranking de dolor, Auschwitz gana por goleada, porque en la foto, los ciudadanos del primer mundo no aparecemos con pijamas de rayas, ni con el torso atravesado de costillas salientes -dantescos códigos de barras-. Ni apilados en montañas de cadáveres. Pero en esa foto de familia de la rolliza aldea global, con demasiada frecuencia aparecen sombras, espectros, sonámbulos. Personas pseudovivientes que ni siquiera saben cuál es su dolor.

Es verdad que de Auschwitz no se podía salir con vida. Pero del líquido amniótico tóxico en el que nos encontramos, tampoco se puede salir, ni se puede vivir. Nuestro compañero Rafael respondía el otro día a la canción de las políticas inclusivas que nos bendicen: son tan benévolamente inclusivas, que uno no se puede excluir… Pues bien, aparentemente libres, aparentemente ricos, aparentemente sostenibles, aparentemente amparados por las leyes. Y, sin embargo, la sensación de muerte se cuela sorda, como la peste, invisible. En forma de hastío, de miedo, de máscaras.

Y como en el top ten del dolor, decíamos, gana Auschwitz por goleada, como no se puede imaginar nada más terrible, corremos el riesgo de pensar que nuestro mundo no es tan malo. Y el show de Truman se emite diariamente para recordarnos que de nuestras “little boxes” higiénicas, de nuestros dúplex y adosados no hay que querer huir, para que olvidemos que nuestras “cámaras de gas” no nos fumigan de golpe, sino que van soltando el tóxico lentamente. Los efluvios no matan inmediatamente. Pero cuando llega la muerte, cuando un espejo nos devuelve la imagen del zombie, del sonámbulo desorientado e inconsciente, podemos descubrir que nos estaban envenenando. Y si los alemanes biempensantes y cómplices veían aquel peculiar humo salir de las chimeneas de los hornos crematorios y notaban un hedor extraño y mareante, nosotros también sentimos un aire irrespirable, una opresión sorda, una dolencia insidiosa pero inespecífica a la que no logramos poner nombre. Así que preferimos, como ellos, ignorarla. Ponernos de perfil, olvidar su pertinaz permanencia.

Por eso, el lenguaje, nosotros, hemos de retorcernos para poner en palabras, para decir “Auschwitz” con horror. La poesía debe gritar el horror de aquellos lugares. Y nosotros hemos de usar esa poesía para que se haga cargo del dolor de aquellos barracones. Y también, ahora, del nuestro. Porque el mal que se condensaba en aquellos lugares (no se me rasguen las vestiduras) no es tan diferente. El radical desprecio por la vida, por el otro, que llevó a aquel exterminio concentrado y monstruoso no está tan lejos del nuestro. La racionalidad de Auschwitz, que la tiene, no nos es ¿aún? ajena.

Ahí está el peligro de Auschwitz en todo su esplendor. Fue tan horrible, que a su lado todas las demás formas del mal palidecen. Así que, por un perverso mecanismo, nos convertimos en seres más o menos agradecidos porque aquellos campos de exterminio ya no son para nosotros, ni en calidad de víctimas, ni en calidad de verdugos. Por eso se convierten los viejos barracones en un parque temático, como todos sabemos; para poderlo consumir con la naturalidad con la que consumimos un escaparate de Nike. Y así creemos haber exorcizado el holocausto. Necesitábamos hacerlo.

Pero ese proceso tiene un peliagudo revés. ¿Sin querer? lo alejamos, lo recluimos en los anales de un horror que no nos pertenece y, si nos hacemos cargo de él, lo hacemos con las gafas de mirar al pasado, a una historia superada. Y aunque es verdad que a Arendt se le helaba la sangre cuando encontró en los criminales nazis unos tipos medianamente normales, y hasta “presentables”, sin cuernos, ni tridentes, necesitamos pensar que algo les separa, que algo les diferencia esencial y radicalmente de nosotros. La sociedad, hemos dicho mil veces, aleja el dolor y la muerte, los evacua de inmediato para negarlos. Y cuando no se pueden negar, se cubren de una pátina consumible. A saber: el dolor cotidiano se coloca en las secciones de sucesos de nuestros informativos, perfectamente aisladitos de los acontecimientos de la sociedad, en un apartado que no contagie nuestra realidad para que sigamos confortablemente pensando que estamos seguros, que podemos seguir en paz con nuestra cerveza en una mano y la hipoteca recién firmada en la otra. Y así el mal extremo pertenece a los otros, lo ejecutan los otros y lo padecen también los otros. Pero en nuestras vidas cotidianas, en nuestros acolchados mundos, volvemos a escuchar que vivimos en el mejor de los mundos posibles y, para regocijo y tranquilidad general, no somos ni la mitad de malos que los nazis.

Nos ofrecen estadísticas impecables de power point para que no rechistemos. Finalmente son “hechos”, “datos” irrevocables: somos más ricos que ayer, hasta los pobres son más ricos que ayer. Hay menos dolor, nos cuentan en Ávila, porque sacan la báscula de calcular el dolor y les sale un “arrojante” total con menos ceros. ¡Yupi! Así que no se quejen, o mejor, ni lo piensen. Pero si podría ser peor…, ¿no lo recuerdan? Y como la trampa del pensar está preciosamente construida (¿quién no va a firmar que nada hay peor que aquel genocidio? ¿O es usted un insensible?) Pues eso, lo dicho, disfruten de sus derechos (humanos y de los otros), de sus parlamentos (pero no se acerquen a ellos que sacamos a los geos), de sus centros comerciales y de sus televisores de plasma. Y disfruten también, y aquí está la gracia que más terroríficamente nos concierne, de sus pesados juicios, de sus intolerancias cotidianas, de sus faltas de amor, de sus agresividades punzantes, de sus pequeños terrorismos de alcoba y mesa camilla porque sus chimeneas del pensar y del vivir llevan años sin deshollinar, pero…peccata minuta al lado de las cámaras de gas. ¿Cierto? Mmmm…

Y su democracia es buena, créanlo…¿o es que acaso prefieren la dictadura? Y claro, el fantasma de Franco -&Cia- está ahí disponible para sacarlo a pasear para asustar a los niños que somos, eficaz como el coco. Bienvenidos al síndrome de Estocolmo.

Pero ocurre que no hay mal común sin mal individual y viceversa. En el curso de Ávila se nos ha proporcionado estos días inventarios de las posibles formas de relación con el otro. De lo necesaria e insoportable que resulta la mirada del otro, la irremediable soledad de nuestro cógito y de nuestra piel, la imposible apropiación total de ese que me mira y lo insoportable de su grito callado. Nos cuentan cómo Camus pintó al extranjero, cínico absoluto por ser poco cómplice del silencio orquestado. El extranjero se escapa, escurridizo. No se compromete con nada ni con nadie. Es el más terroríficamente lúcido, inhumano.

¿Y qué nos queda? Se preguntaba Chema, quizá todos. Porque los repertorios del mal parecen infinitos. Y lo siguen siendo porque hasta cuando pensamos el mal, o el dolor, pintamos a la perfección sus líneas de fuerza, sus estrategias, sus personajes…y otra vez los alejamos. No exploramos nuestras cuotas de dolor porque las depositamos en los otros. Si algo sobra son chivos expiatorios. Y, por si fuera poco, somos incapaces de unir nuestras fuerzas y construir para nosotros una racionalidad que nos aleje, mínimamente, de esa complicidad mortal.

Los inventarios del mal están correctísimamente trazados desde su lógica interna, desde la dialéctica más perversa, desde el modo del juicio diagnóstico que renueva la lucha verdadero/falso, yo/el otro, como nos recordaba el miércoles Rafael. Suena a perogrullo, o quizá a sermón de la montaña, pero el olvido del ser que diagnosticaba Heidegger, es un olvido de consecuencias crueles. El dolor de los campos de concentración está siendo perpetuado incluso desde la filosofía. Porque hoy también tenemos víctimas a las que mirar a los ojos y no lo soportamos porque están demasiado cercanas. Con una mano describimos los repertorios del dolor, los dispositivos de su exorcismo en la tragedia ática, sus causas, sus agentes, las historias de los indios cristianizados, y con la otra se aparta al otro -que está vivo a nuestro lado- pero que, maldito, no se ha dejado deglutir. Ni cesamos en nuestro deseo caníbal de hacerlo.

Pero podría ser peor. Y nos vamos a dormir tranquilos: Auswitzch (y otros miles de lugares del dolor petrificado) nos escandaliza y además nos proporciona el personaje conceptual del mal en estado puro. Está acotado. Narra a la perfección el peor de los escenarios de relación con el otro. Y cuando acabamos de decirlo, de diagnosticarlo, de diseccionar la infamia, olvidamos que no podemos mirarnos al espejo. Olvidamos que desde nuestra atalaya de cabezas pensantes, con frecuencia ni nos hacemos cargo del dolor del otro ni generamos nuevos modos que lo hagan imposible. Y es que somos lúcidos, a veces hasta brillantes en nuestro razonar pero cobardes, complacientes y arrogantes, recién duchados y oliendo a Nenuco, rara vez nos atrevemos a mirar en nuestras alcantarillas, en nuestras víctimas.

Pero, es verdad, todavía no estamos muertos. Todavía podemos intentar huir, pensar, vivir. Reconocer el síndrome de Estocolmo y hacerlo saltar en pedazos. Acallar el discurso de los que oprimen sutilmente, silenciando con sus armas políticas, filosóficas y vitales cualquier otra posibilidad de aire respirable y susceptible de ser compartido. Todavía podemos hacer poesía con el agua al cuello para poder bailar, ligeros, aunque sólo sea una vez más, el vals de las flores, el de las olas o el de las mariposas. ¿No?

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La verdad no avisa; aparece, se manifiesta, se deja ver.

Si la busco con ansia se aleja: Si con pereza, se amohína.

Y no es caprichosa la verdad sin embargo. No se la cita, pero sí se la puede invitar.

Es un huésped exquisito que querría quedarse, pero al que la fealdad ahuyenta.

Es difícil y fácil la verdad. Como una amante sin compromiso que pide ser buscada con calma, con devoción.

No se deja apresar por los conceptos. Aunque puedo hablar de ella sin agotarla nunca, como un hermoso rostro cambiante pero eterno.

Tan pétrea como una columna de mármol y tan evanescente y fluida como vapor de agua.

Es porque es. Porque sí.

Se puede sobrevivir sin ella en una suerte de vacío desconcertante.

Quien ha habitado en ella no puede abandonar su lugar.

Madrid 7/02/2010

Ah, y dice Rilke estas palabras: “…lo que sólo se atrapa con suerte de vez en cuando y se vuelve a lanzar como un niño el balón”

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      Enfrente de la espléndida basílica de Santa Maria Maggiore,

en Via Liberiana,

en plena ciudad de Roma.

Allí esculpía Bernini, en su casa paterna entre 1606 y 1642. Allí fue donde el mármol se hacía carne…o algo más.

Esta maravilla preside una inmensa sala en la Galleria Borghese, observada desde todos los rincones por las miradas lujuriosas de casi todos los viejos emperadores romanos que rodean el interminable salón.

Hasta el 13 de feberero la galería alberga una impresionante muestra de Lucas Cranach, el viejo. El autor del retrato de Lutero que todos tenemos en la cabeza y de esta impresionante “Melancolía” (1532),  un óleo que después volverá a Copenhague.

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Otro pedacito que se puede ver cien veces. Simplemente geniales…pitillo incluido

PLAY IT LOUD!

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 ¡Touché!, Mr. Pete Seeger… maravilloso.  ¡Cuántas veces he querido decir lo que dice esta canción!

Me recuerda a Marcuse, al hombre unidimensional, al borreguismo en el que nos mecemos, a toda esa milonga del estatus, del nivel de vida, de sentar la cabeza, centrarse, triunfar. En fin, al trágico paquete que nos venden y que se empeñan en comprar muchas personas que me rodean, ¿no sienten el vértigo? La canción es perfectamente repetitiva y mojigata, una perfecta onomatopeya musical al servicio de esta implacable sátira social.

Es ante todo un buen espejo en el que mirarse, es sociología -de la buena-  y una cancion deliciosa. 

Ahí la dejo en varias versiones: Una sencillita y con video ilustrativo con imágenes literales que dejan poco a la imaginación -no apta para los amantes de los chalets adosados-.

Otra con Malvina Reynolds, la autora de la composición en 1962

 y al fin una en la que vemos la cara genial de Pete Seeger, divertido y punzante comunista americano cantando en directo. Él hizo famoso este tema en el 63 y recuerda en este video a su amiga Malvina

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Para conocer más sobre el autor es interesante la PÁGINA DE LA FUNDACIÓN EVARISTO VALLE

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