Fuiste el amor con creces, a mansalva,
amor a manos llenas, a paladas.
Fuiste amor de derroche, inevitable,
tremendo, bravo, grave, enfurecido,
rabioso, incuestionable, desgarrado.
Tu amor no dejó hueco a lo liviano:
no había que pensárselo dos veces,
fue un amor de carreras, de animales,
de dos ciervos con grande cornamenta,
condenados a una lucha enrojecida,
brutal, magnífica, fecunda, malherida.
Fue tal amor, de no hay donde cogerlo,
de impulsos, de desgarros, de agonías,
de vida o muerte, de albero ensangrentado,
de amor a borbotones, hasta la bandera,
hasta el fin, hasta siempre, hasta donde imagines.
Más allá de las lógicas posibles.
Te quise con las venas, con las células,
con todos los ventrículos y aurículas,
te quise sorda, ciega, manca, muda,
te quise como un águila en picado.
No quise meditarlo, ni medirte,
ni templar, ni pesar, ni preguntarme,
no puse la muleta a tu embestida:
nos corneamos insolentes y contentos,
sin pizca de cuidados o de quiebros,
de frente, por derecho y en los medios.
Así fuiste, mi amor, de inevitable,
de primario, de animal, de rebosante,
pletórico, fecundo torbellino.
Y al final hemos quedado p’al arrastre, pero… lo hemos vivido.
El otro era sincero de palabras, de mimos, de cuidados, ¿de verdades?
Recomendable sendero delicado.
Y a ese otro…tampoco pude, mi amor, negarme.
Los compases latíannos despacio,
templadísima faena, casi fría.
De libro y de carril, de pulcritudes.
Así, mi amor, también fue inevitable.
Y fue cayendo como lluvia lenta,
forjándose del alfa hasta el omega,
irreprochable, correcto, acertadísimo…
Ante ese ¿amor? tampoco sé negarme.
Y antes. Y después. Hubo. Y vendrán otros.
De algunos sabré desapegarme,
a otros me atarán quién sabe inciertos hilos
que yo, mi amor, otra vez, vendré a contarte.
Y sigo siendo yo con cicatrices,
con las que me dejaste y me dejaron,
con tantas que vendrán sobre las que vinieron,
y yo,
mi amor,
lo sabes,
¡cómo no!
una vez más
vendré…
y volveré a contarte.